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Campaña de normalización de la atención psicológica

El Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid está iniciando una campaña de normalización de la atención psicológica con el ánimo de acercar a los ciudadanos el tratamiento psicológico y el tipo de situaciones en las cuales le puede ayudar acudir a una psicóloga o psicólogo.

En Creciendo Psicólogos Madrid Arganzuela nos queremos adherir a esta campaña para acercar la psicología a aquellas personas que lo necesitan.

La terapia con niños

Cuando un niño/a nos viene a consulta, generalmente nos encontramos con que algunos de los motivos que lo precipitan son:

Solicitan un informe del colegio, la familia detecta cambios de conducta en el niño/a, presenta malas notas, no tiene interés por nada, se porta mal, no se adapta al colegio, repite de curso, no se relaciona adecuadamente con sus compañeros, pega e insulta, etc

Padres y profesores suelen estar muy preocupados y sienten que no dan con la clave de lo que está sucediendo.

En definitiva, es un adulto el que trae al niño/a y generalmente por algo relacionado con el entorno académico y/o familiar.

Parece algo bastante obvio al tratarse de menores, el asumir que es otro el que trae el niño a consulta, sin embargo esta evidencia implica que el abordaje terapéutico se hace sin que el paciente acuda a consulta por propia iniciativa, si no por que alguien le trae.

En nuestra opinión, posicionar al niño en un rol pasivo es un error.

Imagine que sin previo aviso, le llevan a una habitación con una señora que no conoce de nada. La razón por la que le llevan, la desconoce, lo que tiene que hacer allí, también lo desconoce. Si no quiere ir le reñirán y le dirán que se porta mal. Suena un poco estresante, no?.

Ahora piense que usted intenta decirle a los demás que se siente mal, que hay algo que le está preocupando y no sabe cómo resolverlo, pero la gente que está a su alrededor no le entiende y lo único que le dicen es que es un caprichoso/a  y se enfadan con usted por estar haciendo tantas pataletas. Suena un poco frustrante, no?

Si bien es cierto que niños y adultos nos manejamos con códigos diferentes, la misión del psicólogo terapeuta será la de traducir lo que le está pasando al niño/a a través de herramientas de evaluación e intervención y así descodificar sus conflictos para actuar sobre los mismos. En este contexto, el papel de los padres es fundamental. Nuestra intención es trabajar conjuntamente con los niños y sus familias para poner palabras a lo que está sucediendo.

El psicólogo habrá de trabajar respetando en todo momento los tiempos de cada niño/a y con cierta frecuencia preguntarle si sabe la razón por la que está en la consulta, explicarle qué hace un psicólogo, crear en consulta un espacio para él/ella y devolverles la información de lo que vamos descubriendo. De esta manera empoderamos activamente al niño/a en el proceso terapéutico.

Sobre la tartamudez

Qué es la tartamudez

La tartamudez es una evolución atípica del aprendizaje del habla. Aparece generalmente en niños entre los 3 y los 5 años que suelen comenzar repitiendo consonantes y, posteriormente, palabras y frases. El problema más importante lo crea la ansiedad que surge en el niño cuando es consciente de su falta de fluidez, ya que motiva contracciones compulsivas y repetitivas de varios grupos musculares que tratan de liberar la tensión creciente.

El tartamudeo es frecuente en esas edades –alrededor del 5% de los niños– y en la mayoría de los casos se resuelve de forma espontánea.

Cómo tratar la tartamudez

En las fases iniciales se debe restar importancia al problema para evitar que la ansiedad del niño aumente. Conviene reforzar su autoestima, subrayando otras cualidades. Si el problema no mejora, están indicados los ejercicios de control de la respiración y el empleo de un metrónomo para marcar el ritmo del habla. Los expertos en estos problemas son los psicólogos y los logopedas.

Las causas

Además de afectar en mayor medida a niños con antecedentes familiares, la disfemia puede deberse a factores exógenos, como la presión ambiental, o endógenos, es decir, por las características del pequeño. Hay que tener en consideración que tu hijo está aprendiendo a hablar, no tiene un vocabulario demasiado extenso y en la mayoría de los casos los adultos que les escuchan tienen prisa, lo que le alterará más.

¿Qué deben hacer los padres?

Para evitar que este problema pasajero y común en muchos pequeños se cronifique y entréis en un círculo vicioso –se pone nervioso porque tartamudea y tartamudea porque está más nervioso–, prolongándose incluso hasta la edad adulta, conviene que tengas siempre en cuenta las actitudes que ayudarán y perjudicarán a vuestro hijo:
• Nunca valores negativamente su forma de hablar ni des demasiada importancia a sus momentos de tartamudez. Como es razonable que os preocupe, si lo comentas con tu pareja, la profesora o un especialista, procura que no sea en su presencia.
Evita las etiquetas, que hablen de él como “el tartamudo” o le ridiculicen. Si le ocurre en el cole, habla con la profesora para que reprenda a sus compañeros.
• Escúchale sin interrupciones, aunque eso te exija dedicarle más tiempo.
No hables por él. El niño tiene que “enfrentarse al problema” y aprender a resolverlo; sobre protegiéndole y acabando las frases por él sólo agravaremos la situación.
• Cuando te dirijas a él hazlo hablando de forma lenta y con calma, haciendo pausas, para que pueda “copiar” vuestro modelo.
• Enséñale estrategias para alargar las palabras y que pueda “maquillar” su tartamudez, siempre y cuando no le suponga un esfuerzo extra o le traumatice. Por ejemplo, que alargue la duración de las vocales –en lugar de decir “ma, mamá”, que pruebe con “maaamá”.
• Contad cuentos rápidos y lentos para que aprenda la diferencia entre ambas velocidades. Cuando ya se sepa la historia, se pueden hacer ejercicios para introducir el turno de palabra: mamá empieza una frase, se para y le pide al niño que la acabe.
• Cuando el problema interfiere en su vida –está triste, le cuesta hablar con los amigos por miedo a “atascarse”…– conviene consultar con un especialista.

¿Cuándo necesita tratamiento?

Cuando el niño es mayor de cinco años y siguen los rasgos de tartamudez, conviene valorar si hay un problema. Si un pequeño padece disfemia es común no sólo que repita palabras o sílabas, sino también que haya una tensión muscular ligada al habla y que esta alteración de la fluidez afecte al rendimiento académico y a la comunicación social. La intervención se centra en dos aspectos: procurar la disminución de las disfluencias durante el habla, ensayando técnicas de respiración [controlando la articulación de las palabras…] y mantener a raya la aparición de conductas de ansiedad.

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Cuando dicen “no” a todo.

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Entre los dos años y hasta los cuatro o  cinco, es frecuente que los niños y niñas pasen por una etapa de negación.

La razón de este comportamiento no es fastidiar a sus padres y cuidadores, sino definir su propia identidad.

Desde que nace el bebé hasta los 18 meses, el niño/a se siente como parte de su madre, como un todo indivisible. La madre es quien le da de comer, le viste, le cambia el pañal, le lleva a todos lados. Bebé y mamá son un continuo.

Es a partir de los 18 meses que comienza a ganar autonomía y capacidad de movimiento. Gracias a que ya puede gatear y posteriormente caminar, descubre la capacidad de explorar, y de esa manera aumenta el conocimiento del mundo que le rodea. Es entonces cuando empieza a darse cuenta de que es un ser independiente.

La actitud de los padres y cuidadores es decisiva.

No es necesario concederle todo lo que pide, pero tampoco es útil ignorarle. Tu forma de reaccionar ante sus exigencias y negativas continuas es fundamental. Es importante mantenerse en una posición ecuánime y coherente, pero sobre todo tranquila.

Debes lograr la difícil tarea de dejar que ejercite la autonomía y al mismo tiempo educar . Marcar unos límites claros a sus deseos de imponerse le ayudará a formarse un buen concepto de su propia individualidad. Sigue estos consejos:

  • Valora si lo que estás pidiendo es razonable. Ponte en su lugar, piensa si eso a lo que se está negando el niño/a tiene sentido. No siempre son caprichos lo que nos piden.
  • Ponle límites claros y directos: “No tires comida al suelo”, “ponte el abrigo”… Evita emplear las vaguedades o ideas abstractas:“trata bien el juguete que se rompe”- o las ironías –“la comida está triste y sola en el plato”-, ni le des varias órdenes en una misma frase “ponte el abrigo, lávate las manos y luego tómate el zumo”, porque se bloqueará y no seguirá ninguna.
  • No grites ni discutas con él/ella. Preséntale opciones cuando creas que puede decidir –“¿jugamos a pintar o a hacer construcciones?”- o bien procura disuadirle y dejarle tiempo para reflexionar cuando te diga que no a algo que sabes que en el fondo le apetece –“si montas en el coche podremos ir a casa de la abuela”.
  • Utiliza los tratos. Deja que descubra una satisfacción al final de un acuerdo. Así, comprenderá que ceder tiene su recompensa.
  • Gestiona adecuadamente las rabietas. Si después de un “no”, tu hijo no ha logrado imponerse, puede que su frustración termine en rabieta. Mantenerte firme y acompañarle en ese momento es la mejor forma de ayudarle a superarla. Pequeños niveles de frustración son muy recomendables porque consiguen que el niño aprenda a diferenciar entre el deseo y la realidad, algo fundamental para enfrentarse al mundo el día de mañana. Por tanto, espera que se le pase y a continuación, dialoga con él/ella, tratándole con cariño.

 

 

Qué aporta la psicología en los centros de Educación Infantil

 

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Afortunadamente cada vez estamos más sensibilizados sobre la importancia de las experiencias de los primeros años en el desarrollo integral de la persona. Esto ha fomentado que los centros de atención a la infancia y escuelas infantiles, hayan dejado de ser simplemente guarderías donde dejarlos resguardados mientras los padres trabajan, a ser centros educativos con un proyecto de base cuyo fin debe ser “contribuir al desarrollo afectivo, social, intelectual y de autoestima de los más pequeños”.

El carácter educativo de la atención a la primera infancia requiere que en los centros se cuente con personal y servicios cualificados para hacer realidad dicha premisa, y uno de ellos debería ser la atención psicopedagógica. 

Considerando que el cuidado debe ser máximo en la atención a una población tan vulnerable, es fundamental añadir y mejorar la atención psicopedagógica en todos los elementos que imprimen el carácter educativo del primer ciclo de la educación infantil.

La figura del psicólogo debería ser considerada nexo cooperador con el centro educativo para la contribución al desarrollo integral de los pequeños, con un énfasis especial en el aspecto afectivo. El psicólogo ha de trabajar de forma colaborativa junto al equipo docente de los centros de educación infantil:

Debe colaborar en la elaboración, desarrollo y evaluación de la propuesta pedagógica. Teniendo en cuenta que entre los fines de la actividad educativa en los centros de educación infantil está el contribuir al desarrollo de aspectos puramente psicológicos como son: la afectividad, la autoestima, la sociabilidad, la inteligencia y, en sus aspectos funcionales, la psicomotricidad, el lenguaje, la comunicación y la autonomía personal; se requiere de la participación, supervisión y guía de un psicólogo, que debe realizar un importante papel de trabajo conjunto con el equipo docente tanto en  el proceso de estimulación y cuidado de dichas áreas como en la evaluación de las mismas. El criterio de un profesional especializado en la valoración de la consecución de los objetivos propuestos en los ámbitos antes mencionados es clave para el éxito del centro y la satisfacción de sus usuarios.

Son importantes las aportaciones de la psicología en el establecimiento de un clima afectivo adecuado, premisa fundamental en la atención a los más pequeños cuyas tempranas experiencias emocionales serán condicionantes en su desarrollo. Es fundamental la puesta en marcha de planes de actuación que incluyan un cuidado proceso de incorporación de los niños al centro para hacer más fácil su proceso de adaptación, una organización diaria cuidadosamente diseñada para crear un ambiente afectivo óptimo (organización temporal, espacial, de recursos humanos y materiales…), así como el trabajo con el equipo docente en todos aquellos aspectos que puedan ayudar en este cometido, como puede ser su propio bienestar emocional.

Por otro lado, el psicólogo tiene relevantes funciones que llevar a cabo en la atención a los niños y niñas que presentan necesidades específicas de apoyo educativo, y también en aquellos casos que requieren de compensación de desigualdades. La identificación y la escolarización temprana en estos casos se considera una herramienta preventiva importante y, por tanto, es tarea fundamental su atención adecuada, que incluya un seguimiento de su proceso evolutivo, la adaptación de la actuación educativa a cada caso particular y la coordinación con la intervención de los Centros de Desarrollo Infantil y Atención Temprana, así como otras instituciones sociales y sanitarias.

Por último, el psicólogo debe ejercer un papel relevante en la  cooperación entre la actividad educativa del centro y la familia. Los servicios psicopedagógicos deben hacerse cargo del asesoramiento y formación a las familias en aspectos relevantes para el desarrollo integral de sus hijos e hijas, y también deben promover su participación en la actividad educativa del centro.

Como vemos, la atención psicopedagógica, y más concretamente la participación cooperativa de la figura del psicólogo en la actividad educativa del equipo docente en los centros de educación infantil, es un elemento fundamental para imprimir el carácter educativo y añadir el carácter afectivo que la atención a la primera infancia merecen.

Afortunadamente, cada vez hay una mayor conciencia por parte de la comunidad educativa, así como por parte de las familias de los menores acerca de esta realidad, y cada vez hay una mayor demanda de la atención psicológica en los centros de educación infantil. 

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Por qué los niños son egoístas

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Con frecuencia descubrimos que los  niños más pequeños tienen comportamientos egoístas, lo cual genera mucho malestar en los padres.

Sin embargo, el comportamiento avaricioso en edades tempranas forma parte de su proceso de evolución personal, ya que los niños consideran que el mundo gira alrededor suyo y conciben que todo su entorno les pertenece de manera exclusiva.

En ese mundo de reinado absoluto, los pequeños no diferencian entre sus pertenencias y las de los demás, y por lo tanto, intentarán quedarse con todo aquello que llame su atención, más aún si es nuevo, como los juguetes de los otros niños. No comprenderán que algo no es suyo. Reaccionarán como si fuese obvio que así sea, negándoselo a los demás y a su propio dueño.

Este egoísmo también se extiende a su medio permanente, puesto que ven su entorno como partes de si mismos. No es de extrañar que ante la presencia de otro niño, amigo o primo el pequeño de la casa se sienta amenazado, celoso de su medio y no quiera que esta persona use sus cosas (se siente en su silla, toque sus juguetes o juegue con sus padres) porque suponen una amenaza a su existencia.

Entendiendo que estos comportamientos no hacen en si mismos a la personalidad del niño, y comprendiendo que el hecho de que las manifieste es algo evolutivo, será mucho más fácil que los padres actúen con mayor calma al presenciar una actitud de éstas en su bebé.

Es interesante identificar estos comportamientos como mecanismos de defensa y de interpretación del mundo que los rodea (otras personas, otros objetos). Se trata de un proceso en el cual el niño/a está comenzando a comprender que no es el epicentro del mundo, y tengamos paciencia, por que entender eso es costoso y pasará a medida de que vayan creciendo.

La labor de los padres es modular estos comportamientos con calma y paciencia para introducirlos en sociedad de manera adaptada y poco a poco.